La salvación, entendida de una u otra manera, es la oferta de la inmensa mayoría de las religiones. Abarca todos los temas que en religión nos podemos plantear. Pero las religiones están más pendientes de lo que la gente desea que de que alcancen una verdadera liberación. La mayoría de las ofertas de las religiones no van más allá de librar de las limitaciones que la gente percibe como perentorias. Para nada intentan abrir nuevos horizontes.
Superar todas las trampas que nos han colocado en el camino no va a ser fácil. Debemos estar muy alerta para no caer en la tentación de aceptar como bueno todo lo que las distintas instancias religiosas nos han dicho. Es lo que hacen los políticos para que les voten. Intentaré hablar claro, aunque ello conlleve no responder a las exigencias perentorias de los que me leen. En la vida espiritual no tiene ningún sentido hacernos trampas en el solitario. Mi intención es ayudaros a superar las trampas.
Nuestra formación (más bien deformación) religiosa nos ha machacado siempre con el pecado y otras limitaciones que no aguantamos. De ahí la necesidad que tenemos de que un Dios bueno nos saque las castañas del fuego. Pero la realidad es que ese Dios es una creación nuestra que hemos inventado a propósito con este fin. Como ese dios inventado no existe, resulta imposible que nuestras esperanzas de salvación se cumplan.
Nuestra tarea es liberar a Dios de los malentendidos con los cuales hemos hecho su rostro irreconocible. Pero más difícil aún, es liberar al hombre de las nefastas consecuencias de esa manera de comprender a Dios. Los desastres de la culpabilidad no podemos achacarlos a Dios. Tampoco tiene la culpa de lo difícil que puede resultarnos superar esos prejuicios. Son consecuencia de nuestra propia naturaleza incomprendida y distorsionada.
Termino esta breve introducción con dos ideas que repito machaconamente siempre que tengo oportunidad. Mis reflexiones no son dogmas de fe. Trato solamente de provocar la vivencia personal, para superar las trampas que nos tienen atados a innumerables mitos y prejuicios que nos impiden salir de situaciones opresoras. Para ello debo convencerme de que nadie está en posesión de la verdad, todos la estamos buscando.
Esto tiene que llevarme a permanecer abierto, es decir, permanecer en la apertura sin clausurar nada. Cuando llegues a una conclusión, toma conciencia de que esa conclusión será siempre inconclusa. De este modo tu búsqueda no terminará nunca, y, mientras más encuentres, más te quedará para buscar. En cuanto sintamos que hemos llegado a alguna verdad, el ego se aferrará a ella y no permitirá a tu mente seguir buscando.
Por último, como he repetido tantas veces, no hablo y escribo para que penséis como yo, sino para que penséis. Esto que parece una obviedad es más serio de lo que imaginamos. Lo que ha pensado otro no debes darlo por verdad absoluta, debes tomarlo como trampolín para lanzarte más allá de lo que habías pensado hasta ahora. A la Verdad debes ir acercándote tú mismo, unas veces apoyado en los demás y otras en contra de los demás.