Durante la década de 1760, el mercado del libro español ùy particularmente el madrileñoù experimentó un periodo de veras frenético, secuela de la supresión de la tasa y el alivio de los trámites legales en 1762; sin orillar la adopción de medidas represivas, como respuesta al motín de Esquilache, que casi segarían de raíz el número de ediciones a partir de 1769. La demanda constante de novedades abrió entonces los tórculos de las imprentas capitalinas a ingenios de pluma fácil y vuelo bajo, entre los que se contaría el gaditano Francisco Nieto de Molina (c. 1730- d. 1771).
Moratín lo clasificó entre los que había tildado de «poetas tabernarios»; pero no es menos cierto que «por la naturalidad del lenguaje, el libre espíritu de la inspiración y algunos destellos verdaderamente agudos que se descubren en sus versos, hace recordar épocas más afortunadas para las letras castellanas». Este modesto coplero lograría dar a las prensas dos títulos de chocarrero fuste a lo largo del «siglo que llamaron ilustrado»: El Fabulero (1764), ramillete de nueve fábulas mitológicas, y La Perromachia. Fantasía