El ser humano, al haber sido creado a imagen y semejanza divina, participa de la luz que irradian tanto Dios como su Hijo, Jesucristo; pero también somos sombra, oscuridad, porque las dudas y los problemas dejan nuestras perspectivas y nuestras esperanzas rodeadas de penumbras y desasosiego. Aunque alguna vez sintamos que ya no podemos más, que ya no nos quedan fuerzas para seguir aguantando, siempre que volvamos nuestra mirada hacia Cristo, nos reencontraremos con el rayo de luz divina que nos anuncia que no todo está acabado porque empieza un nuevo día. Bien es cierto que muchas de estas sombras pasarán completamente inadvertidas, pero el contacto con los otros puede ayudarnos a hacerlas conscientes y a poder reconocerlas.