El viaje de León XIV a España ha sido una bendición
inesperada. Todas las expectativas han sido colmadas y
ninguno de los temores ha hallado cauce. Es cierto que el
papa nos ha visitado, pero también el Santo Padre ha sido
visitado por España. Nos lo decía conmovido por tanto afecto
que ha podido constatar. Han sido niños, jóvenes, familias
enteras, personas mayores. Recordamos aquel titular de la
famosa periodista Paloma Gómez Borrero: «Huracán
Wojtyla». Esta vez ha sido la «brisa Prevost». No por la
diferencia de intensidad eólica, sino por el tono personal que
caracteriza a ambos pontífices. Una brisa huracanada podría
ser lo que mejor defina este paso de León XIV entre nosotros.
El milagro explosivo que ha suscitado el papa ha coincidido
con una urgente necesidad: todos los envites y embates que
nos asolan han puesto en evidencia la orfandad del mundo en
nuestro tiempo. Pero esta situación nos ha sorprendido con
algo con lo que no contábamos, y es la vivencia agradecida
de una paternidad que nos abraza disipando miedos,
habitando soledades, vendando heridas e iluminando la
oscuridad. Una visita que ha sido una verdadera bendición de
Dios.