La vida espiritual suele hacernos concebir la realidad de forma polarizada: lo profano y lo sagrado. Sin embargo, para madurar espiritualmente, es necesario superar esta dualidad y para lograrlo, la meditación ofrece un aprendizaje diario a través de la experiencia personal. La realidad es un todo unitario. Ya San Ireneo enseñó que Dios no puede conocerse nunca como objeto, sino solo por medio de la participación en su propio autoconocimiento. La escena del lavatorio de los pies es una enseñanza tangible de que «el cuerpo es el templo del Espíritu Santo» aunando así el ámbito profano del cuerpo y el sagrado del Espíritu. La expresión máxima de esta imbricación de lo sagrado y lo profano la encontramos en la encarnación: La Palabra hecha carne.